Foto: Insousciance
Alba encontró en Madrid, por la Cuesta de Moyano, un libro del que no habíamos oido hablar, pero su título respondía a los intereses que compartimos y lo compró: Mitos de la sexualidad en oriente y occidente, de Juan Liscano (1915 - 2001). Buscamos en internet algo más de información y la documentación sobre el autor aparecía dispersa (biografias cortas, un artículo inacabado de Wikipedia en inglés, una nota de la Fundación de Empresas Polar... ). Apenas encontramos escritos suyos a texto completo más allá de algunos poemas (por ejemplo, en poesía española), y prácticamente nada que documentase su estudio sobre los mitos de la sexualidad. Sin embargo, entre páginas web deslavazadas, imaginamos la figura de un hombre que había percibido la intimidad secreta entre el erotismo y la mística. Y algún comentario aislado nos permitió sospechar que le perseguían sentimientos de pecado asociados a la sexualidad, y que buscó en el esoterismo el sentido de la vida.
Mi lista de lecturas pendientes es interminable y cualquier adición me recuerda que jamás podré con todas. Pero Alba me envió copia de uno de los poemas que Liscano había incluido en su libro y supe que, en este caso, iba a modificar mis inercias y leerlo: era un poema excepcional, extraño y familiar, parecía surgir de una dimensión que, paradójicamente, me era propia y ajena. Tuve la sensación de haber escuchada ya aquellas palabras, dejà entendu.
Comentando más tarde estas sensacions con Alba hablamos de Jung y de arquetipos y me dijo que no sabía si el poema lo había escrito Juan Liscano o lo reproducía de otro autor. Esta circunstancia volvió a afectarme. Imaginé un texto anónimo que narraba un encuentro entre el hijo de una diosa, encarnado en un mago, y la hija de un dios encarnada en una prostituta, celebrando la sacralidad de la materia y el esplendor transmaterial que nos deslumbrará desde el fondo de todos los pozos... No hará falta añadir que el poema es ajeno a esos deliros.
Por lo demás, he acabado leyendo los Mitos de la sexualidad en oriente y occidente y no está a la altura de aquellas espectativas. Es un texto superficial, doctrinario, desordenado... pero posee algo singular y espléndido: unas lineas que lo justifican. Las mismas que Alba localizó el primer día, son estas:
"Consume la lascivia de tu cuerpo efímero
en este lugar de prostitución, de cautiverio.
Cerca está el puerto lleno de olores y rumores
de barcos que se aquietan o zarpan,
con tripulaciones ignorantes de la suerte
que les deparará el tiempo,
esa fatalidad que nos convierte siempre en extrangeros.
Recibe con sumisión a los sedientos de tu piel
y de alcoholes fuertes que les brindan
una ilusión de intemporalidad.
No te niegues a ninguna lujuria
y acoge como ofrenda venerable,
las caricias brutales y las embestidas.
Se promiscua, fácil y voluptuosa.
En esa ciudad del mar, defiende a los caidos
de la tiranía de los ángeles"
Así habló el Mago, una vez que la reconoció entre todas,
incitándola a extraer de él la emisión seminal,
cuya luz retenida engendra demonios y espectros.
Ella bebió el jugo del árbol.
Le fue entonces revelada una historia muy antigua
de incendio vegetal y de frutas, que nunca se quemaban.
El Mago la nombró con la voz del conocimiento,
endulzando con su palabra la amargura de ella,
tan próxima del agua salada,
iluminando la alcoba en penumbra
con el fulgor de la piedra azul
que apretaba en su mano derecha.
"Como herrumbre, dijo él,
son la angustia y el extravío de sí.
Tu eres la oveja que se extravió.
Buscas el rebaño y el pastor entre breñales
y pozos de agua podrida.
Consume tu cuerpo en las cópulas de fuego,
hasta volar con chispas,
vuelta ceniza la bella coraza carnal
que te aprisiona."
El mundo los envolvía
como serpiente que se muerde la cola.
Los tenebrosos reyes de los planetas
emanaban sus influjos
sobre la pareja enlazada.
En torno a ellos crecieron
y se precisaron los espejismos maléficos
con guardiandes de cuerpo de lagarto y cara humana,
bestias de formas confundias, reptil con cabeza de puerco,
caballo-cocodrilo, asno-pez, águila-hiena.
Los elementos se mezclaban
y se abrían abismos tentaculares como pulpo.
Ella gemía con dulcedumbre desgarrada
de joven parturienta.
Él iba borrando con gestos precisos
todos los rostros que ella tuvo:
el del súcubo, el de la tentadora,
el de la provcadora de guerras,
el de la demonia-madre,
el de la lasciva, el de la meretriz.
"yo soy tu y tu eres yo"
salmodiaba el Mago sobre la gimiente,
mientras moldeaba un rostro nuevo para ella
y protegía la ascensión de sus chispas.
De la hoguera surgió una lanza deslumbrante.
Atravesó el firmamento de hierro.
Decrecieron las llamas. Se apagaron.
Fulgió una luz imanente. En el lecho aromaba
Nuestra Señora El Espiritu Santo.
Mi lista de lecturas pendientes es interminable y cualquier adición me recuerda que jamás podré con todas. Pero Alba me envió copia de uno de los poemas que Liscano había incluido en su libro y supe que, en este caso, iba a modificar mis inercias y leerlo: era un poema excepcional, extraño y familiar, parecía surgir de una dimensión que, paradójicamente, me era propia y ajena. Tuve la sensación de haber escuchada ya aquellas palabras, dejà entendu.
Comentando más tarde estas sensacions con Alba hablamos de Jung y de arquetipos y me dijo que no sabía si el poema lo había escrito Juan Liscano o lo reproducía de otro autor. Esta circunstancia volvió a afectarme. Imaginé un texto anónimo que narraba un encuentro entre el hijo de una diosa, encarnado en un mago, y la hija de un dios encarnada en una prostituta, celebrando la sacralidad de la materia y el esplendor transmaterial que nos deslumbrará desde el fondo de todos los pozos... No hará falta añadir que el poema es ajeno a esos deliros.
Por lo demás, he acabado leyendo los Mitos de la sexualidad en oriente y occidente y no está a la altura de aquellas espectativas. Es un texto superficial, doctrinario, desordenado... pero posee algo singular y espléndido: unas lineas que lo justifican. Las mismas que Alba localizó el primer día, son estas:
"Consume la lascivia de tu cuerpo efímero
en este lugar de prostitución, de cautiverio.
Cerca está el puerto lleno de olores y rumores
de barcos que se aquietan o zarpan,
con tripulaciones ignorantes de la suerte
que les deparará el tiempo,
esa fatalidad que nos convierte siempre en extrangeros.
Recibe con sumisión a los sedientos de tu piel
y de alcoholes fuertes que les brindan
una ilusión de intemporalidad.
No te niegues a ninguna lujuria
y acoge como ofrenda venerable,
las caricias brutales y las embestidas.
Se promiscua, fácil y voluptuosa.
En esa ciudad del mar, defiende a los caidos
de la tiranía de los ángeles"
Así habló el Mago, una vez que la reconoció entre todas,
incitándola a extraer de él la emisión seminal,
cuya luz retenida engendra demonios y espectros.
Ella bebió el jugo del árbol.
Le fue entonces revelada una historia muy antigua
de incendio vegetal y de frutas, que nunca se quemaban.
El Mago la nombró con la voz del conocimiento,
endulzando con su palabra la amargura de ella,
tan próxima del agua salada,
iluminando la alcoba en penumbra
con el fulgor de la piedra azul
que apretaba en su mano derecha.
"Como herrumbre, dijo él,
son la angustia y el extravío de sí.
Tu eres la oveja que se extravió.
Buscas el rebaño y el pastor entre breñales
y pozos de agua podrida.
Consume tu cuerpo en las cópulas de fuego,
hasta volar con chispas,
vuelta ceniza la bella coraza carnal
que te aprisiona."
El mundo los envolvía
como serpiente que se muerde la cola.
Los tenebrosos reyes de los planetas
emanaban sus influjos
sobre la pareja enlazada.
En torno a ellos crecieron
y se precisaron los espejismos maléficos
con guardiandes de cuerpo de lagarto y cara humana,
bestias de formas confundias, reptil con cabeza de puerco,
caballo-cocodrilo, asno-pez, águila-hiena.
Los elementos se mezclaban
y se abrían abismos tentaculares como pulpo.
Ella gemía con dulcedumbre desgarrada
de joven parturienta.
Él iba borrando con gestos precisos
todos los rostros que ella tuvo:
el del súcubo, el de la tentadora,
el de la provcadora de guerras,
el de la demonia-madre,
el de la lasciva, el de la meretriz.
"yo soy tu y tu eres yo"
salmodiaba el Mago sobre la gimiente,
mientras moldeaba un rostro nuevo para ella
y protegía la ascensión de sus chispas.
De la hoguera surgió una lanza deslumbrante.
Atravesó el firmamento de hierro.
Decrecieron las llamas. Se apagaron.
Fulgió una luz imanente. En el lecho aromaba
Nuestra Señora El Espiritu Santo.





